Write Me #6

lunes, 29 de diciembre de 2014

La Navidad de SavannahSavannah volvía a su casa cansada del día, en su oficina había sido todo un caos. Las Navidades para ella eran insoportables, nunca le habían gustado. En realidad no le gustaba cuando la pasaban en casa de sus padres porque no se terminaba bien la noche. Peleas, primos o tíos que se pasaban de copas y luego de las doce campanadas parecía ponerse peor, si eso fuese posible. Siempre terminaba en su cama triste y decepcionada con otra Navidad igual a la anterior. No eran alegres, no eran divertidas, en su casa no existía noche de paz, amor ni felicidad.
Con casi sus diez años había aprendido a disfrutar en esas fechas de las decoraciones de los escaparates de las tiendas. Las luces de los frentes de las casas de los vecinos y la alegría de sus amiguitos con sus regalos de Papá Noel, que a ella nunca le llegaban. Cuando apenas había cumplido cinco años sus padres le habían comunicado que nada de toda esa magia existía. Ni Papá Noel, ni los Reyes Magos, ni el Ratón Pérez y no recordaba ya quién más, así era de cruda su realidad con tan escasa edad. Había nacido en una familia totalmente insensible, lo que ellos consideraban Navidad era sentarse delante de una inmensa mesa y atiborrarse de comida y alcohol. Con el consiguiente desenlace de riñas y peleas hasta con los puños.
No, nunca le gustó la Navidad. Apenas cumplidos sus dieciocho años Savannah se mudó de casa y de ciudad y nunca volvió a saber de su familia. A ellos tampoco les interesaba saber de ella, ni se molestaron en buscarla o ponerse en contacto, continuaron viviendo como si tal cosa. Con sus casi veinticinco años su vida había cambiado mucho. Se había esforzado en sus estudios y había logrado graduarse con las mejores notas. Trabajaba para una importante empresa de marketing, tenía su propio piso en la mejor zona de la ciudad y una buena cuenta bancaria. Pero no había logrado cambiar sus Navidades, por lo que decidió que ese año sería el momento oportuno.
Le prometió a su compañera de oficina y amiga que asistiría a su fiesta. Vanesa preparaba todos los años un brindis al terminar el horario de oficina para celebrar el nacimiento de Jesús y otro para despedir la noche vieja, como decía ella. Llegó a su piso se quitó la ropa de la oficina se puso unos jeans, un cárdigan y unas botas, tomó su abrigo y salió a comprar su primer árbol de Navidad. Compraría uno artificial, nunca estaba en casa para uno natural y de ninguna manera cortaría uno para que muriese. Adornos, copas, nunca había tenido copas, pero su amiga le aseguró que no estaría sola estas fiestas por lo que supuso que ella iría a visitarla.
Con todo lo necesario pidió un taxi y volvió a su casa con una inusual alegría, se había comprado dos vestidos nuevos para las fiestas de la oficina, que le encantaron y salían de su acostumbrado estilo. Sentada frente al fuego del hogar con una copa de vino en la mano evaluaba dónde ubicar el pino y los adornos. Mientras escuchaba una suave música se puso manos a la obra. Dos horas más tarde su apartamento había cambiado totalmente y ella había quedado encantada con el resultado. Su vida esa Navidad no cambiaría radicalmente, pero con los adornos y el pino había dado un gran paso. Había colocado dos botellas de champagne en la nevera y tenía algunos dulces en la mesa principal. Con eso bastaría en caso de que Vanesa decidiese visitarla.
Estaba exhausta, el día había sido agotador. Tomó una ducha y se fue a descansar, al otro día debía ir temprano a la oficina.
En la oficina estaba detrás del ordenador concentrada en su trabajo cuando Vanesa le preguntó para quién era ese regalo que estaba a los pies de su mesa de trabajo. Sin entender de que hablaba se levantó y rodeó el escritorio para mirar el presente que señalaba su amiga. Una importante caja con una botella de champagne y dos copas de finísima calidad con un gran moño y una tarjeta, descansaban a sus pies. Se agachó para tomar la misiva y mirar para quién era en realidad.
S. esta Navidad será diferente... espérame. D.
—¡No dijiste que tendrías compañía! —la acusó Vanesa.
—¿Cómo sabes que esto es para mí? —preguntó sin entender.
—No te hagas la tonta, somos dos en esta oficina tú eres “S” y yo soy “V”, no hay muchas vueltas que darle.
—Pero no conozco ningún D, no estoy saliendo con nadie Vanesa —se explicó Savannah.
—¿Qué me dices del gran jefe? —preguntó Vanesa haciendo referencia al dueño de la empresa —te vi cuando salieron juntos esa tarde del edificio.
—Eso fue hace meses, solo tomamos un café, sabes que lo mandé a paseo cuando se me insinuó, no voy a formar parte de su harén de mujeres.
En realidad había quedado encantada con Damián, era todo un caballero,muy lindo, muy inteligente, pero ella no podía creer que le gustase. La había tratado con una dulzura y delicadeza que eran desconocidas para ella en un hombre. Pero eso no lo excusaba de ser mujeriego. Siempre estaba acompañado por una hermosa mujer, fina y distinguida, no era nada de eso y no estaba dispuesta a que un niño rico se burlase no era una niña. Por lo que lo apartó de su lado, aunque su cuerpo, su piel y todo en ella protestara por lo contrario.
—Eres una tonta, se ve a lo lejos que está muy interesado en ti —insistió Vanesa.
—Sí, muy interesado en mí y sale en las revistas y diarios con distintas mujeres en cada evento, a veces con más de una.
—Eso es porque tú no le haces ni caso —aseguró Vanesa.
—Ni se lo pienso hacer —replicó Savannah.
A media mañana sonó su celular en el cajón del escritorio, lo que le pareció muy raro las llamadas solían ser de Vanesa y estaba frente a ella trabajando. Lo tomó y se sorprendió al escuchar la voz del otro lado del teléfono.
—¿Savannah, cómo estás? soy Daniel.
—¿Cómo estás Daniel? Ha pasado tiempo —dijo un tanto confusa por el llamado.
—Lo sé ya no vivo aquí, estoy de paso por la ciudad y quería invitarte una copa.
—Estoy trabajando en estos momentos.
—¿A qué hora sales?
—Pasadas las siete —respondió al fin sabiendo que no lograría escapar de la invitación.
—¿Trabajas en el edificio “Monroe” verdad? Nos vemos en el bar de la planta baja —dijo sin esperar respuesta y colgó.
Al parecer Vanesa se había equivocado no era de Damián Monroe el regalo, sino de Daniel. Y no pensaba pasar la Navidad con él ni loca, era casado hacía muchísimos años, pero nunca perdía oportunidad de tirársele encima. No sabía cómo lograría escaparse de su compañía esa noche y poder volver sola a la tranquilidad de su piso. Tras una intensa jornada de trabajo Savannah estaba saboreando la hora de poder irse a casa cuando recordó que debía encontrarse con Daniel al salir de allí. La idea no la deslumbró pero debía ir, tomaría una copa conversaría de algún tema intrascendente y se iría a descansar al otro día por la noche era la celebración en el trabajo organizada por Vanesa.
Cuando llegó al bar Daniel la esperaba en la barra, lo saludó y se sentó en la esquina un tanto alejada del hombre.
—¿Cómo has estado? Cada vez más bella por lo que veo —dijo dedicándole una mirada lasciva, que a Savannah le produjo un asqueroso escalofrío en todo su cuerpo.
—Muy bien y ¿tú? ¿Sobre qué querías hablarme? No tengo mucho tiempo.
—Veo que sigues siendo tan fría como siempre —contestó Daniel visiblemente borracho.
—¿Me has llamado para insultarme? Estás borracho, me voy —dijo Savannah mientras intentaba alejarse.
Daniel fue más rápido y la tomó del brazo impidiéndole escaparse.
—No tan rápido iceberg, no vine hasta aquí por nada, esta noche te vas conmigo —aseguró apretándole con fuerza el brazo.
Savannah realmente se asustó, empezó a respirar con dificultad y estaba pensado seriamente en romperle la botella que llevaba en la caja de regalo, en la cabeza. Respiró hondo y totalmente decidida a zafar del agarre a la que la estaba sometiendo ese energúmeno, levanto el brazo dónde llevaba la botella. En el momento exacto en que estaba por dejarla caer en la cabeza de Daniel una gran mano la tomó por la muñeca y la detuvo. Llevándola hacia su espalda, y por encima de su cabeza habló con un tono grave, duro.
—¿Se puede saber por qué estas agarrando a mi novia del brazo? —preguntó con el ceño fruncido el recién llegado.
—¿Su, su novia, señor Monroe? —preguntó cómo cachorro asustado, soltándola de inmediato.
—Sí, mi novia, te hice una pregunta —insistió Damián Monroe.
—No, eh, sí, disculpe señor pensé que ella quería...
—¿Insinúas que ella quería algo contigo? —formuló la pregunta más enojado aun.
—No, no, no, por supuesto que no señor, ha sido culpa mía, disculpe... disculpe señorita Savannah —dijo el pobre infeliz mientras escapaba del lugar con el rabo entre las patas, como el perro que era.
Savannah había presenciado toda la conversación totalmente atónita mirando el proceder de cada uno de los dos machos que tenía enfrente. Uno que solo era muy hombre con las mujeres delante de otro de su especie no era más que un lamentable cobarde. El otro, no sabía que pensar del otro.
—¿Su novia señor Monroe? —preguntó imitando al borracho que había formulado la misma pregunta unos minutos antes.
Con una gran sonrisa Damián se sentó en el taburete cerca de ella y acercó su cara al rostro de la joven.
—No me vas a decir que su cara y su reacción no fueron un poema —acotó muy divertido.
—Yo puedo defenderme sola, de hecho estaba a punto de hacerlo —aseguró Savannah.
—Sí, lo sé, rompiéndole al infeliz una botella de champagne de miles de dólares en la cabeza —respondió quitándole el regalo de la mano y colocándolo sobre la barra mientras le indicaba que se sentase a su lado.
—¿Bueno y eso a usted que le puede importar? —preguntó sin entender.
—Porque quería beberlo contigo, no que se lo desperdiciaras en ese cabeza hueca.
Estaba por pedir que le explicase de que hablaba porque no entendía cuando entraron dos rubias impresionantes, dos bellezas de pasarela y se le acercaron lo tomaron del brazo y lo alejaron para hablar con él. Ese fue el momento que aprovechó Savannah para escaparse, salir a la acera, llamar un taxi y perderse en la noche. Damián salió corriendo a alcanzarla con la caja de regalo en la mano, pero era tarde se le había vuelto a escapar. Tendría que tomar medidas drásticas la próxima vez.
Savannah no podía entender por qué ese hombre le gustaba y la asustaba mucho a partes iguales, podía ser posible que le asustase el hecho de caer en sus redes sabiendo que él solo quería agregar una mujer más a su extensa colección. Estaba segura que no podría resistirse a sus encantos por mucho tiempo más y al parecer él no pensaba ceder en sus demandas con ella. Al fin y al cabo era de carne y hueso y hacía ya mucho tiempo que estaba sola.
Ese era el gran día del festejo en la oficina que Vanesa había preparado con gran esmero. Savannah se fue con su indumentaria habitual, pero llevó uno de los vestidos que había elegido para la ocasión, se cambiaría al terminar su horario de trabajo después de ayudar a su amiga con los últimos preparativos. Ese día de trabajo en particular había sido muy alegre, todos estaban felices y cada uno que pasaba frente a las puertas de las oficinas de las chicas, dejaba algún regalo para que se pusiese bajo el Árbol. También traían bandejas de comida y adornos para ser agregados en la sala de conferencias en el último piso del edificio. El señor Monroe había cedido ese lugar para que preparasen el brindis para todos los trabajadores de edificio, que era uno de los salones más grandes.
Cuando hubo terminado la jornada en la oficina, Savannah y Vanesa subieron al último piso y terminaron de acondicionarlo. Había quedado precioso con unas largas mesas al centro con manteles navideños, copas vacías esperando el momento de ser usadas. Al fondo del salón resplandecía un árbol con sus intermitentes luces invitando a la magia navideña a reunirse a su alrededor. Guirnaldas y moños cruzaban a lo largo dando un hermoso ambiente. Desde su oficina en la puerta de enfrente a la sala de conferencias las observaba Damián disponiendo todo, la cara de niña feliz que tenía Savannah en ese momento permanecería en su mente por mucho tiempo. Daba la sensación de estar festejando la Navidad por primera vez, lo cual era una estupidez pensar, a su edad debía tener muchas fiestas en su haber.
Con todo listo las dos amigas regresaron a su oficina para cambiarse de ropa, maquillarse y tomar algunos regalitos que habían preparado entre ambas para todo el personal. Cuando Savannah salió del pequeño baño de la oficina, Vanesa quedó con la boca abierta. Llevaba un ceñido vestido rojo, que por delante no decía mucho pero, su espalda estaba totalmente descubierta hasta casi su cintura, con tiras de pequeñas perlas que cruzaban de un lado a otro sosteniendo los laterales del vestido.
—¡Estas preciosa! Amiga nunca te había visto así, nuestro jefazo va a delirar cuando te vea —gritó Vanesa con alegría.
—No seas tonta Vane ¿Crees que el gran Monroe se va a dignar a brindar con el personal?
—Por supuesto que sí, todos los años se acerca a saludarnos —aseguró Vanesa.
—Mmmm, entonces no estoy tan segura de querer ir —vaciló Savannah al recordar cómo había escapado de él la noche anterior.
—No seas tonta, me prometiste que este año estaríamos juntas y así lo haremos —la tomó del brazo y la arrastró hasta el ascensor.
Cuando llegaron al salón ya había mucha gente, todo era risas y murmullos. Sonaba música y el ambiente era de alegría y felicidad. Savannah miraba a su alrededor fascinada, era la primera vez que estaba en una fiesta de verdad. Se mezcló entre la gente, pero tratando de mantenerse cerca de la puerta de salida. Conversaba alegremente con un grupo, cuando todos comenzaron a girarse hacia la entrada, para ver al dueño de las empresas Monroe hacer su ingreso triunfal. Por supuesto acompañado por un séquito de hermosas mujeres, todas ellas parecían salidas de figurines de modas. Caminaron a lo largo del salón saludando a todos a su paso hasta llegar cerca del árbol de Navidad, allí se paró Damián junto a sus amigas con una copa de champagne e hizo un brindis general. Luego fue caminando a lo largo de la extensa mesa saludando a cada uno de sus empleados mientras las mujeres que lo acompañaban se quedaron en un grupo junto a la cabecera.
Cuando llegó donde se encontraba Savannah, luego de brindar y saludar a los que estaban a su alrededor, chocó su copa con la de ella y le dijo en voz muy baja solo para que lo oyese ella.
—Este brindis es por la empresa, luego brindaremos a solas —le aseguró guiñándole un ojo.
—Eso le puedo asegurar que jamás pasará, ya le dije que yo no voy a formar parte de su harén —le dijo señalando al grupo de chicas al otro lado del salón.
Damián se dio la vuelta para mirar el lugar que señalaba Savannah y el enojo que le produjo aquella afirmación, lo llevó a tomarla por el codo y prácticamente la arrastró con él. Haciendo caso omiso a las quejas de ella, siguió arrastrándola hasta llegar frente al grupo de las mujeres.
—Chicas quiero presentarles a Savannah, creo que ya les hablé de ella —les dijo Damián al grupo de nueve mujeres que tenía frente a él.
—¡Holaaaaa! —saludaron todas juntas.
—Savannah te presento a mis hermanas, Carina, Estela, Inés, María, Juliana, Jimena, Cecilia, Rachel e Irina —dijo Damián mirándola muy serio.
—Ho, hola —fue lo único que pudo decir antes de encontrarse rodeada por todas ellas y de ser besada en la mejilla por cada una.
Damián la dejó con sus hermanas y se acercó a un grupo de caballeros con los que aún no había compartido un brindis personal ni saludos o comentarios. Mientras conversaba observaba a la mujer que lo tenía loco desde que había entrado a trabajar a su empresa y que nunca lo había dejado acercarse. Era tremendamente hermosa y parecía una niña con un regalo nuevo, alegre, feliz, les prestaba atención a todo lo que le decían sus hermanas y reía ante los distintos comentarios. Era claramente desinteresada, o se le hubiese tirado encima apenas le había insinuado que le gustaba, tenía una pizca de inocencia combinada con una belleza angelical. Pero con un carácter de los mil demonios.
Savannah sentía los ojos de su jefe fijos en ella, las chicas eran muy simpáticas, pero ella en ese momento se sentía fatal. Lo había acusado estar siempre rodeado de distintas mujeres y ahora mirándolas de cerca a esas chicas se daba cuenta que siempre estaba con una de ellas, una de sus hermanas. Ella lo había acusado de tener un harén de mujeres a sus pies, estaba avergonzada y en ese momento no pensaba en otra cosa que en la manera de poder escaparse a su casa. Pronto vio su oportunidad cuando entró a saludar y a brindar con el personal el vice presidente de la empresa. Damián le dio la espalda para conversar con él, ella se despidió muy simpática de las chicas Monroe y salió huyendo. Fuera del salón corrió por el pasillo hasta alcanzar un ascensor, una vez dentro logró volver a respirar, cinco minutos más tarde estaba dentro de un taxi rumbo a su piso.
Después de una ducha reparadora, se colocó un sweaters de lana hasta mitad de pierna y unas medias también de lana que le tapaban las rodillas. Acercó una bandeja junto alfuego y se sentó en la alfombra, se sirvió una copa de vino y su mente comenzó a recordar el bochorno que había resultado su primera fiesta navideña. Estaba tan avergonzada que no sabía cómo iba a poder mirar a la cara a su jefe otra vez. Ella había pensado que tanta amabilidad, tanto perseguirla, decirle que ella le gustaba era únicamente para conquistarla y agregarla a su grupo de mujeres. Que habían resultado ser sus hermanas.
¿Pero quién podía imaginar que tenía nueve hermanas? Pensó Savannah riéndose de ella misma.
Estaba muy concentrada en sus cavilaciones, con la mirada perdida en las llamas del fuego, cuando el timbre de la puerta la sobresaltó. Estaba segura que era Vanesa que venía muy enojada con ella, había decidido no abrir pero un nuevo timbre la apremió a responder. Mientras se acercaba a la puerta empezó a decirle su amiga que la disculpase.
—No puedo creer que me hayas dejado sola y con todo el desastre para mi… —Vanesa entró como un huracán hecha una furia.
—Lo… lo siento no quise irme así pero... —su amiga levantó una mano negando con su cabeza para cortar sus excusas, no las quería escuchar.
—Me estoy cansando de tus rollos para las Navidades, todos los años es lo mismo, ¿no crees que ya es tiempo de superarlos? Eres un adulto por el amor de Dios, ya no eres una niña, debes dejar tú pasado atrás y continuar con tu vida —esos y muchos regaños más siguieron por espacio de más de media hora.
—Está bien Vanesa, ya entendí… no me regañes más. Te he pedido disculpas no sé qué más hacer —dijo Savannah realmente arrepentida.
—Yo sí sé que más harás, he hecho la limpieza de la mitad del salón, toma te dejo las llaves, el guardia te abrirá para que entres al edificio, mañana te tocará la otra mitad —dijo enojada y acercándose a la puerta para irse.
—Mañana es Nochebuena —dijo pensando que Vanesa lo había olvidado.
—¿Y eso a ti que te importa? Tú nunca celebras nada, da lo mismo el día que sea. Mañana por la tarde te quiero en el edificio Monroe haciéndote cargo de tus responsabilidades —dijo muy enojada y se fue dando un portazo.
No es que Savannah no supiese que había hecho mal, pero era la primera vez que veía a Vanesa realmente enojada con ella. Siempre había sido muy buena y comprensible. Esa noche la había jodido hasta con la única amiga que tenía. Si había pensado que esta Navidad sería diferente, no se había equivocado, estaría aún más sola, sin siquiera el llamado o la compañía de Vanesa. Pero todo era su culpa por lo que tendría que aguantarse, con lágrimas corriendo por sus mejillas se fue a su cama, solo para pasar una noche más de insomnio.
No había dormido en toda la noche, por lo que se había quedado dormida en el día. Se despertó a las seis de la tarde sobresaltada. Su amiga la mataría, el salón del edificio ya debería estar limpio, saltó de la cama, se dio una ducha rápida, comió unos bocadillos del día anterior, pidió un taxi y se dirigió al trabajo. Cuando llegó el guardia le abrió como le había dicho Vanesa, aunque lo encontró más sonriente de lo usual. Tas saludarlo, salió disparada al ascensor, quería terminar la limpieza rápido y volver a su casa a dormir.
Cuando llegó al salón de conferencias del último piso, comprobó que su amiga no le había mentido, quedaba la mitad por limpiar por lo que se puso manos a la obra. Inspiró profundamente y comenzó a tirar los desperdicios y a levantar la vajilla, dos horas después había dejado el salón impecable, salía arrastrando una gran bolsa de basura cuando casi chocó con el guardia que venía hacia ella.
—Señorita Savannah ha llamado el señor Monroe pidiendo un sobre que dejó en su escritorio, dice que lo necesita urgente —dijo el hombre con cara afligida mostrando el sobre en cuestión que ya tenía en sus manos.
—¿Es este? —preguntó Savannah.
—Sí, era el único sobre en medio del gran escritorio, estaba preparado allí, es evidente que lo olvidó.
—Entonces lléveselo enseguida —urgió Savannah.
—No, no puedo ir yo señorita, no puedo dejar mi puesto de trabajo y en este momento mi esposa y mi hijo vienen hacia aquí a pasar la Nochebuena conmigo —respondió consternado el guardia.
—Entonces llame a un mensajero.
—¿A esta hora, un día como hoy?
—Está bien démelo, se lo llevaré yo al señor Monroe —dijo Savannah con evidente disgusto mientras tomaba el sobre de manos del guardia.
—Muchas gracias señorita, afuera la está esperando el taxi —dijo el hombre con alegría.
Ella lo miró con el ceño fruncido, había llamado un taxi como si supiese que iría. Sin darle más vueltas al asunto se subió al auto que la esperaba en la puerta y le dio la dirección que le había dado el guardia. Llegaron a una casa enorme como había supuesto Savannah que era la residencia del señor Monroe, el taxista paró frente a una gran escalinata. Subió los escalones que la separaban de la puerta principal rezando porque la atendiese un empleado y ninguno de los hermanos. Pero por supuesto la suerte no estaba de su lado como siempre y antes siquiera de llegar al último escalón tenía frente a ella a Damián. Tan apuesto como siempre y tan simpático como siempre.
—Muchas gracias por venir Savannah —dijo sin más su jefe.
—No hay por qué darlas señor Monroe, aquí está el sobre que pidió —dijo extendiendo su mano.
En ese momento salieron disparada hacia dónde ellos se encontraban cuatro de las hermanas de Damián, hablando todas juntas como era al parecer su costumbre.
—Savannah que alegría volverte a ver —dijo una.
—Te quedas a cenar con nosotros —dijo más que preguntar otra.
—Damián dijo que no tienes familia —acotó una tercera.
—Les agradezco pero no estoy vestida para la ocasión, vuelvo a mi casa —intentó querer escapar Savannah aún con el sobre de papel en la mano.
—De ninguna manera, te quedas con nosotros y vamos a mi dormitorio y te vistes con lo que quieras para estar cómoda —sentenció la cuarta.
Inmediatamente se vio arrastrada por las chicas sin poder negarse hacia la parte de atrás de la casa. Mientras Damián las miraba con una gran sonrisa en su rostro.
—Señor Monroe sus papeles —gritó Savannah mirando para atrás y mostrando el sobre.
—Es tuyo mira la tarjeta dentro —le respondió Damián aun sonriendo y entrando en la casa.
Sin entender Savannah siguió a las chicas al dormitorio de una de ellas, al entrar se encontró en mitad del cuarto con un perchero con varios vestidos todos nuevos. Los miró alucinada era uno más bello que el otro de una marca importante que costarían una fortuna. Miró a la dueña del dormitorio sin entender.
—No puedo usar tus vestidos nuevos, ni siquiera los has estrenado.
—¿Mis vestidos? —preguntó la hermana sin entender— son “tus vestidos nuevos”.
—No, no puedo aceptar que me regalen cosas tan caras —dijo Savannah intentando marcharse.
—Mira, se está haciendo la hora de la cena y la familia nos espera, escoge el que más te gusta y luego ya discutiremos sobre el resto.
Las cuatro la miraban expectante por lo que escogió uno cualquiera, eran todos hermosos. Una de ellas le mostró el baño para que se lo pusiese, cuando salió volvieron a juntarse a su alrededor admirando el buen gusto del vestido y lo bello que le quedaba. La sentaron frente al tocador mientras una le alcanzaba los zapatos a juego, otra le hacía un peinado y una tercera la maquillaba. Al parecer las hermanas estaban acostumbradas a trabajar en conjunto y cada cual tenía una tarea asignada, en poco menos de quince minutos estaba lista para ir al salón principal de la casa para su primera noche navideña en compañía. Se sentía muy nerviosa, tenía miedo de desentonar con el resto de la familia o cometer algún error. Pero sin siquiera saber lo que estaba pensando una de las hermanas la tranquilizó.
—Estás hermosa, no te preocupes que no eres la única fuera de la familia, también cenaran con nosotros los esposos y novios de mis hermanas. Sí, eres la única mujer pero no te preocupes por eso a mi madre le encantarás.
Todas habían terminado de arreglarse y luego de alabar a Savannah por su belleza la tomaron del brazo y salieron en tropel al comedor. En ese momento ella recordó algo.
—Esperen un segundo —todas quedaron paradas en medio del pasillo, viendo como Savannah volvía al dormitorio.
Entró y buscó con la mirada hasta encontrar el sobre depositado en la mesita de noche. Con manos temblorosas lo abrió y sacó la blanca tarjeta con escritura dorada.
¿Quieres formar parte de mi harén?
La colocó nuevamente en el sobre y la dejó junto a su ropa en la cama con una gran sonrisa, volvió al pasillo con las chicas y de ahí a enfrentar la que se suponía su primera fiesta de Navidad normal.
Estaba nerviosa y casi temblando por el recibimiento que tendría entre la gente que no conocía. Todo se le pasó al ingresar al amplio comedor donde ya estaban todos reunidos. Inmediatamente se les acercó la madre de las chicas y sin decirle nada la abrazó muy fuerte y le dio la bienvenida a su casa. Lo mismo hizo el padre y así uno a uno se fue presentando y sentándose en el lugar asignado. El último en llegar a su lado fue Damián que le dio un tierno beso en la mejilla.
—Más hermosa... imposible —le dijo giñándole un ojo y acompañándola a sentarse a su derecha.
La noche no podía ir mejor, cenaron en una muy divertida y agradable conversación dónde conoció un poco más de todos a través de las anécdotas que fueron contando. Todos eran muy amables y de a poco la fueron introduciendo en las distintas conversaciones. Cuando se estaba acercando la medianoche, todos se trasladaron cerca del pino de Navidad para un brindis. Luego de las doce campanadas un mozo se acercó y les fue sirviendo una copa a cada uno, menos a ella y a Damián lo que la sorprendió pero no por mucho tiempo. Detrás del mozo se acercó él con una sonrisa y con dos copas llenas que eran las que le habían dejado al pie de su escritorio. Le alcanzó una a ella y la quedó mirando.
—Te dije que esta Navidad sería diferente —acotó mientras le sonreía.
—Era tuyo... —Damián le cortó la frase.
—Espero una respuesta —le dijo al oído.
—Sí —dijo ella apenas en un susurro.
—Perdona ¿Qué?
—Sí, sí quiero formar parte de tu harén —dijo totalmente ruborizada.
Damián levantó su copa y dijo para todos, con una gran sonrisa y con su rostro lleno de felicidad.
—¡Feliz Navidad!
Se dirigió a Savannah, mientras los demás se besaban y se deseaban felicidades, la tomó de la mano y la alejó un poco de la familia, la besó apretándola muy fuerte contra su cuerpo.
—Por ti. Por “La Navidad de Savannah”.
Marisa Citeroni

Mi sexta cartita hecha por Marisa de Marisa Citeroni

Mari:
Mil mil gracias por darte el tiempo de escribirme y compartir algo tan tuyo conmigo!!
muchisimos besos y espero tengas unas lindas fiestas! :D

Cariños!


1 comentario:

  1. Hola, gracias a ti por la posibilidad de compartir este relato. Felices fiestas, besos.

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